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jueves, 27 de marzo de 2014

Sobre el libro de poemas Campos, de Fernández Vítores



El vacío y la palabra. Sobre la posibilidad y riesgo de una poesía materialista

José Sánchez Tortosa




Reseña de Campos, de Raúl Fernández Vítores, Editorial Vitruvio, Madrid, 2013, texto basado en la presentación celebrada en el Café Comercial de Madrid, la tarde del 7 de febrero de 2014.


En cierto memorable texto, titulado Parménides, Platón imagina el encuentro de un Parménides anciano, acompañado del genial Zenón, con un Sócrates casi adolescente...


Para seguir leyendo pincha aquí o en la portada del libro (imagen superior)

sábado, 22 de marzo de 2014

La orquesta seguía tocando. R. Reder, superviviente de Belzec

La orquesta seguía tocando. 
Rudolf Reder, superviviente de Belzec


En Marzo de 1942 comienzan a funcionar las cámaras de gas de Belzec. El campo de exterminio de Belzec, a diferencia de los complejos de Auschwitz o de Majdanek, tenía una extensión bastante limitada (poco más de 7 hectáreas). Su cometido consistía exclusivamente en el asesinato de judíos. Es el primer campo de esa naturaleza dentro de la Operación Reindhart (el campo de Chelmno, que empieza a operar antes casi de modo experimental, emplea camiones para el asesinato de las víctimas y no se encuadra en ese programa). Resultado: unos 450 mil muertos por monóxido de carbono, según Raul Hilberg, unos 600 mil, según la enciclopedia del Holocausto de Yad Vashem. Los cuerpos de las víctimas son enterrados en masa. Posteriormente, dentro de la acción 1005, se procede a la incineración de los cadáveres. Dada la proximidad del pueblo de Belzec, el hedor era inevitablemente percibido por la población del lugar. El campo está en funcionamiento hasta Diciembre del 42, menos de un año[1]. El ritmo de producción de muerte en esa cadena de montaje industrial destinada al exterminio alcanza cotas difícilmente imaginables. Luego es transformado en una granja que queda al cargo de un guarda ucraniano.

En Bélzec no había selección alguna. El destino ya estaba fijado con un margen de error que tiende a cero. Sólo un grupo reducido de prisioneros son provisionalmente mantenidos con vida unos meses para llevar a cabo las labores de apoyo al exterminio: evacuación e incineración de los cadáveres.

Pero dentro de ese ínfimo margen de error estadístico se encontraron tres personas: Rabbi Izaak Szapiro, Chaim Hirszman y Rudolf Reder. Tres supervivientes y, por tanto, tres testigos de uno de los centros diseñados para el exterminio industrializado de población civil por parte de un Estado. Conocer la estructura del campo y su forma de funcionamiento ha sido posible gracias a sus testimonios. Uno de ellos, Rudolf Reder, relata su experiencia en un libro titulado Bélzec. Además, testificó en la Comisión Especial de Investigación de los Crímenes Alemanes y suministró los datos suficientes para reconstruir la estructura del campo. Reder pasa allí unos cuatro meses. Por una serie de causas que convergen felizmente, consigue escapar. En su obra cuenta cómo su fuga fue posible sólo porque, como miembro de los equipos de trabajo que colaboraban con los nazis, pudo salir del campo a recoger un cargamento de planchas metálicas en noviembre de 1942 y aprovechó el descuido de los miembros de la Gestapo que lo custodiaban para escapar.

Con una economía estilística envidiable, característica, por otro lado, de la mayoría de los supervivientes que han dejado testimonio de su paso por el infierno, incapaces materialmente de entregarse a retóricas de ningún tipo, ni a la consecuente banalización del horror, Reder muestra la desnudez absoluta del condenado por la maquinaria nazi. La ropa aquí apenas significa nada. Es una desnudez más radical, más íntima, más definitiva la que Reder nos muestra, dentro de los estrechos márgenes de la palabra. La muerte es rutinaria, lógica, la primera certeza indudable del prisionero, una suerte de muero luego he existido contracartesiano:

 Death was certain, and what was the point of going on suffering? The dollars in Belzec helped us - to die easier...  [2]


En ese proceso, la deshumanización integral ha sido consumada por medio de la igualación penitenciaria. Y, así, se produce la destrucción del individuo como tal. La muerte no llega con el último aliento de vida. La muerte está presente mucho antes, en cada momento por el que el sujeto pasa, reducido a un montón de músculos cada vez más inútiles, a unas constantes vitales en descenso, a una descomposición acelerada, visible. Como cierta a apuntar uno de los personajes entrevistado por Lanzmann en Shoah, son “muertos en prórroga”.

Los campos proceden a eliminar un excedente demográfico (los judíos de Europa) metódicamente relegado con anterioridad al ámbito, no ya de lo inhumano, sino de lo vírico, de lo antinatural:

We moved around like people who had no will anymore. We were one mass. I know a few names, but not many. Who was who and what their names were, in any case, were matters of complete indifference.[3]

El funcionamiento del campo, en mitad de un boscoso paraje de belleza inquietante que proyecta sombras sobre las sombras, sobre las cenizas, sobre el humo, se mantiene con una cotidianidad civilizada, propia de una nación culta, con refinada sensibilidad artística, en la cúspide de su progreso cultural, científico, político. En todos los campos de la muerte había banda musical, buena prueba del indudable carácter progresista y civilizado de la sociedad nacionalsocialista alemana, y de su sensibilidad artística. Según cuenta, por ejemplo, Toivi Blatt, en el campo de exterminio de Sobibor la orquesta de música recibía a los judíos procedentes de Francia y Holanda horas antes de que fueran convertidos en humo. Rudolf Reder también recuerda la banda musical. Él, químico de profesión, sin ser escritor profesional, logra en cuatro palabras toda la potencia poética de la sencillez verbal más limpia, más austera, más verdadera. En una sola frase consigue ser implacable y sencillo, despiadado y preciso, como sólo lo verdadero puede serlo. Así, con la combinación más escueta y sobria posible, la más colmada de verdad y fuerza literaria, Reder cuenta cómo la música sonaba mientras las cámaras procedían al gaseamiento de los judíos. Ese milagro vital, sobrevivir al Horror y contarlo, exigía el correspondiente milagro de la palabra, condensado en apenas cuatro vocablos (the orchestra was playing):

At the same time the wails of the people being suffocated in the chambers were audible, the orchestra was playing...[4]

Pocas frases condensan con tanta potencia literaria el verdadero horror del exterminio: «La orquesta seguía tocando…» Y no deja de ser notable y significativo que su autor no sea un poeta célebre, un escritor renombrado, un intelectual consagrado, sino un simple sujeto humano que se ha visto incrustado en una encrucijada de la Historia e inmerso en el horror. Su palabra es el eco que nos llega, sin mancha de estilo ni violencia de la prosa, tan puro como es posible desde el corazón de las tinieblas. El conocimiento (la verdad), según dictamen platónico, es recuerdo, no conmemoración. El superviviente recuerda y relata lo recordado, con el rigor escrupuloso del que no se engaña, del que ya no puede entregarse a engaño alguno, después de haberse enfrentado cara a cara con el horror, con la verdad, cegadora e insoportable, después de haber tenido que ser, incluso, parte de ese horror. Si hay algo que el superviviente nos enseña y ese mecanismo de olvido institucional, de adjetivación obscena, de ignorancia solemne con pose de compromiso, que es la conmemoración espectacular neutraliza es esto: que siempre, a pesar de todo, «la orquesta seguía tocando…»


Rudolf Reder, Belzec, Cracovia, Judaica Foundation Auschwitz-Birkenau State Museum, 1999, traducción del polaco al inglés de Ryszard O. Ores y prólogo de Jan Karski.




[1] YITZHAK ARAD, Belzec, Sobibor, Treblinka. The Operation Reinhard Death Camps, Bloomington and Indianápolis, 1987, pp. 24, 29.
[2] «La muerte era cierta. ¿Qué necesidad había de seguir sufriendo? Los dólares en Bélzec nos ayudaban… a morir más deprisa».
[3] «Nos movíamos en círculos como gente que no tiene ya voluntad. Éramos una masa. Sé unos pocos nombres, pero no muchos. Quién era quién y cuáles eran sus nombres, en cualquier caso, era una cuestión completamente indiferente».
[4] «Al mismo tiempo que los gemidos de la gente que estaba siendo asfixiada en las cámaras era audible, la orquesta seguía tocando…»

sábado, 15 de marzo de 2014

Resistencia en Sobibór. Reseña del libro de T. Blatt, superviviente

Resistencia en Sobibor.
No todos fueron ovejas yendo al matadero



La historia del campo de exterminio de Sobibor tiene la cualidad de contribuir a la destrucción de diversos mitos o tópicos más o menos arraigados. El principal es el de la pasividad de los judíos. El campo de Sobibor fue desmantelado tras la revuelta en la que pudieron escapar con vida 11 prisioneros. Uno de ellos fue Thomas Toivi Blatt, quien relata la experiencia en el libro From the Ashes of Sobibor. Su historia es tan alucinante que un guionista de cine que presentara semejante trama como argumento para una película a un productor se vería probablemente rechazado por escribir un guión tan excesivo. De hecho, la historia fue llevada al cine, seguramente con el salvoconducto de tratarse de una historia real. Un chaval de quince años que se ve envuelto en persecuciones, que ve cómo son asesinados los miembros de su familia, cómo es traicionado por amigos y ayudado por desconocidos, que se salva por circunstancias únicas, casi imposibles de creer. Se trata de todo un libro de aventuras, pero escrito con la lucidez estricta y el rigor gélido y sin retórica del que carece de esperanza, del que ha renunciado al engaño. De hecho, como él mismo reconoce, en varias ocasiones sufrió la incomprensión de los demás. La más dolorosa, seguramente, fue la que tuvo lugar tiempo después de la guerra con alguien de quien jamás lo hubiera esperado:

“In 1958, as a new immigrant to Israel, I gave my manuscript to a well-known survivor of Auschwitz for his comments. After three weeks, the only words he said were: “You have a tremendous imagination. I've never heard of Sobibor and especially not of Jews revolting there.” I was whipped many times by the SS in the Sobibor death camp, but I never felt so sharp a pain as I did when I heard those words. lf he, an Auschwitz survivor, did not believe me, who would? And so another twenty years passed.”[1] (pág. 22)

También Elie Wiesel cuenta en La noche la imposibilidad de creer lo que estaba sucediendo en los campos de Polonia. Hannah Arendt sostiene que lo inverosímil de los crímenes perpetrados por los nazis constituían al mismo tiempo una defensa ante las acusaciones, que nadie creería. Esa barrera que la ilusión del progreso y la civilización impusieron en buena parte de la mentalidad europea, se puede ver reflejada también en el testimonio de Blatt, cuando se refiere a la distancia entre los judíos franceses y holandeses que llegaban a Sobibor y los judíos polacos. Los primeros eran recibidos con banda de música y viajaban en trenes de viajeros. Los polacos llegaban en trasporte de ganado. Los primeros ignoraban su destino. Los polacos lo conocían. Pero incluso al principio, entre los judíos polacos de clase media-alta, entre los propios familiares de Blatt, existía una férrea resistencia a creer lo que se contaba ya a finales del 41:

“On December 27, 1941, our roomer Kohn received a letter from his son in Kolo. “For over a month now,” he wrote, “train-loads of Jews have been suffocated with gas in special vans in a little-known village, Chelmno.”
I was present when my parents and Kohn talked about it. The adults considered it a fabricated story, and it made little impression on them. “It's impossible,” they said. “It's a fairy tale. Even Germans couldn't do such terrible things! The worst bandit cannot murder this many innocent people! After all, we live in the twentieth century!”[2] ” (pág. 50)

La cuestión recuerda la inocencia de Freud, inconcebible en alguien de su inteligencia, cuando infravaloraba la quema de sus libros en la universidad de Viena, pensando que en la Edad Media sería él el quemado. A diferencia de Freud, Joseph Roth no malinterpretó las señales y en artículos tan tempranos como los que componen el imprescindible libro La filial del infierno en la Tierra, entre 1933 y 1935, diagnostica con lucidez el mal que se avecina, que acaso era ya imparable en esos momentos.

Precisamente por eso, la posibilidad de enfrentarse al enemigo nazi quedaba materialmente bloqueada. No se trataba de una banda de pervertidos criminales. La operación de exterminio fue puesta en marcha por la maquinaria de un Estado moderno, avanzado tecnológicamente y con estructuras e instituciones de poder ante las que el individuo está expuesto y casi sin defensa. Al menos, ciertos individuos. Uno de los elementos sociológicos y políticos que neutralizan la rebelión es el conjunto de inercias y automatismos institucionales, económicos y técnicos que pueden caer bajo la denominación psicológica de esperanza. No se trata de mero psicologismo. El carácter progresivo y legal de las medidas contra los judíos en el contexto de una confrontación bélica reducen el margen de resistencia a niveles estadísticamente despreciables. Ese callejón sin salida fue vivido en propia carne por Blatt. Christopher Browning, autor del estudio Ordinary Men, se hace eco en el prólogo del libro de Blatt de esa situación y del cambio que se produce cuando esos automatismos dejan de operar o de tener sentido. Por decirlo metafóricamente, cuando la esperanza desaparece:

“Why, after all, would the Germans be so irrational as to kill off the skilled Jewish laborers so useful to the German war effort? Given the disparity in power between the Germans and their victims, and the credible threat of collective retaliation for any obstruction of the deportation process, resistance did not seem rational. Hiding during the roundups and making oneself valuable to the German economy at other times seemed to be the most sensible response for most Jews in Poland in the disastrous year of 1942.
By 1943 the evidence of the Nazis’ ultimate goal was undeniable, the threat of collective retaliation lost its meaning, and Jewish response began to change. The resumption of deportations from the Warsaw ghetto in January 1943 met with resistance, and the Germans retreated. The final German attack on the ghetto in April encountered tenacious and prolonged resistance. In July the inmates of the Treblinka extermination camp staged an uprising and breakout. In August the Germans encountered resistance in liquidating the remnant of the Bialystok ghetto. The Sobibor uprising and breakout in October 1943, in which Blatt was a participant, was thus part of a wider trend in altered Jewish response in Poland.”[3] (Pról., pág. 19)

Esa mecanismo punitivo de la responsabilidad colectiva que el nacionalsocialismo puso en práctica con la población judía y con la de los países ocupados impone como política estatal sobre masas de población, que por la inercia de los grupos no se comporta jamás como un individuo, los mecanismos de sumisión en sus dos caras: temor y esperanza, que son , por tanto, categorías políticas que aluden a dispositivos de poder. Es el Estado el que procede a categorizar administrativamente a los sujetos bajo su autoridad en función de parámetros grupales, identitarios, de los que apenas se puede escapar y que los condenan a la marginación o a la corriente mayoritaria. El sujeto responde por los actos atribuidos al grupo de pertenencia impuesta por el Estado, independientemente de su conducta individual. El judío era designado tal por la administración del Tercer Reich en función de criterios claramente delimitados, con las consecuencias que eso entrañaba, y lo que el individuo concreto sobre el que reposara tal categoría sintiera al respecto era por completo irrelevante. El ser (ser judío, mestizo, ario...) lo impone el Estado. Los sujetos subsumidos en esa red administrativa y policial responden a los impulsos predominantes en el grupo, marcando la tendencia. Sólo unos pocos logran sustraerse a la marea de la masa construida estatalmente.

Y, en el caso de los judíos polacos, seguramente de manera mucho más acusada que en el de los alemanes, se ha de añadir el caldo de cultivo de un antisemitismo que cubría los espacios a los que no llegaban los alemanes:

“The fact was that when a Jew took off his Star of David armband and left the ghetto, the Germans, who knew the Jews only from Nazi propaganda posters as having low foreheads and long curved noses, could not distinguish him from the rest of the population. Therefore, to escape being recognized by the Nazis was a real possibility for the Izbica Jews. The greater problem was the local citizenry. They were particularly good at recognizing Jews; they had lived with us for hundreds of years. Not only adults, but also teenagers and even children, would wait for an ocasión when Jews tried to escape; first they would mock, beat, and rob  a Jew, then hand him over for a reward of vodka or sugar.”[4] (págs. 76-77)

Y no sólo Polonia sino casi toda Europa se convierte en un lugar invivible, en una prisión para el judío. No es imposible que la orquesta del campo, que, según cuenta Reder, seguía tocando impasible mientras las cámaras de gas estaban en pleno funcionamiento,  hubiera interpretado la 9ª Sinfonía de Beethoven, el Himno a la Alegría de Schiller, como símbolo de la Europa que miró para otro lado. Esa orquesta simboliza la ceguera cómplice de la mayor parte de la Europa del momento.

A esa esperanza institucionalizada y generalizada que bloquea la rebelión hace referencia varias veces Blatt a lo largo de su narración. La libertad del individuo se juega en liberarse de esas cadenas del miedo y la esperanza. El hombre libre no es el que pierde la esperanza o el temor, sino el que gana la  libertad de no esperar nada, de no temer ya nada:

“We knew that the uprsing was an act of desperation. A handful of people, devoid of hope, doesn´t expect to gain its freedom. All they want is to take revenge and die with honor, to fall fighting.”[5] (pág. 129)

Así como para el estoicismo clásico la felicidad no se alcanza por medio de la virtud, sino que es la virtud misma, la libertad no se alcanza con la rebelión ante el terror totalitario. La libertad es la rebelión.

De ahí que su modo de enfrentarse a su destino en las cámaras de gas sea muy similar al de la mayoría de los supervivientes. El sujeto ha sido reducido a instintos primarios. Los sentimientos contribuyen al sometimiento, a la destrucción. La frialdad de una inteligencia desesperanzada es la única posibilidad de resistir:

“Not for a moment did I think about or let myself feel any emotion over the loss of my mother, father, or brother. I seemed to know instinctively that any such self-indulgence would destroy me.”[6] (pág. 33).

“I never saw anyone cry in Sobibor.”[7] (pág. 157).

Saber que se está condenado a muerte y, lo que acaso sea peor, condenado a sobrevivir entre tanta muerte, es decir, condenado a la certeza de que salvarse suponía cierto grado de colaboración, impone una escritura al límite, una claridad a fogonazos, una racionalidad innegociable, desesperanzada, despiadada. La necesidad de narrar eso no deja resquicio más que para la verdad cruda y amarga, el relato fiel y sin concesiones.


Toivi Blatt, From the Ashes of Sobibor, Wlodawa, Muzeum Pojezierza Leczynsko-Wlodawskiwgo, 2008, prólogo de Christopher R. Browning, 340 págs.



[1] “En 1958, como nuevo inmigrante en Israel, di mi manuscrito a un conocido superviviente de Auschwitz para que me diera su opinión. Después de tres semanas, las únicas palabras que dijo fueron: “Tienes una imaginación tremenda. Jamás había oído nada de Sobibor y especialmente de una revuelta de judíos allí.” Yo sufrí latigazos por parte de los SS muchas veces en el campo de exterminio de Sobibor, pero nunca sentí dolor tan agudo como cuando oí esas palabras. Si él, un superviviente de Auschwitz, no me creía, ¿quién lo haría? Y así pasaron otros veinte años.”
[2] “El 27 de Diciembre de 1941, nuestro inquilino Kohn recibió una carta de su hijo en Kolo. “Durante un mes aproximadamente,” escribió, “judíos cargados en trenes han sido ahogados con gas en furgonetas especiales en una población poco conocida, Chelmno.”
Yo estaba presente cuando mis padres y Kohn hablaron sobre ello. Los adultos lo consideraban una historia inventada, y causó poca impresión en ellos. “Es imposible,” decían. “Es un cuento de hadas. ¡Ni siquiera los alemanes harían cosas tan terribles! ¡El peor bandido no asesinaría a tantos inocentes! ¡Después de todo, vivimos en el siglo veinte!” ” (p. 50)
[3] “¿Por qué, después de todo, serían los alemanes tan irracionales como para matar a los trabajadores cualificados judíos tan útiles en el esfuerzo bélico de Alemania? Dada la disparidad de poder entre los alemanes y sus víctimas, y la creíble amenaza de represalias colectivas ante cualquier obstrucción del proceso de deportación, la resistencia no parecía racional. Esconderse durante las redadas y hacerse uno mismo valioso para la economía alemana en otros momentos parecía ser la respuesta más sensible para la mayoría de judíos en Polonia en el desastroso año de 1942.
En 1943 la evidencia del objetivo último de los nazis era innegable, la amenaza de las represalias colectivas había perdido su significado y la respuesta de los judíos empezó a cambiar. La reanudación de las deportaciones desde el gueto de Varsovia en enero de 1943 encontró resistencia, y los alemanes se retiraron. El último ataque alemán al gueto en Abril se topó con una resistencia tenaz y prolongada. En Julio, prisioneros del campo de exterminio de Treblinka montaron un levantamiento y una fuga. En Agosto, los alemanes encontraron resistencia en la liquidación del remanente en el gueto de Bialystok. El levantamiento y la fuga de Sobibor, en Octubre de 1943, en el cual participó Blatt, fue así parte de una tendencia más amplia en la nueva respuesta judía en Polonia.”
[4] “El hecho era que cuando un judío se quitaba la banda del brazo con la Estrella de David y abandonaba el gueto, los alemanes, que sólo sabían de los judíos por los carteles de propaganda que los muestran con frentes bajas y narices largas y curvadas, no podían distinguirlo de resto de la población. Por eso, librarse de ser reconocido por los nazis era una posibilidad real para los judíos de Izbica. El mayor problema era la ciudadanía local. Ellos eran particularmente buenos reconociendo judíos; habían vivido con nosotros durante cientos de años. No sólo los adultos, sino también los adolescentes e, incluso, los niños esperaban la ocasión en que los judíos intentaran escapar; primero se burlaban del judío, le golpeaban y le robaban, después lo entregaban a cambio de una recompensa en vodka o azúcar.”
[5] “Nosotros sabíamos que el levantamiento era un acto de desesperación. Un puñado de gente, desprovista [devoid] de esperanza, no espera ganar su libertad. Todo lo que quieren es vengarse y morir con honor, caer luchando.”
[6] “Ni por un momento pensé en la pérdida de mi madre, de mi padre o de mi hermano, ni me permití sentir emoción alguna. Me pareció saber instintivamente que cualquier cosa parecida a la auto-indulgencia me destruiría.”
[7] “Jamás vi a nadie llorar en Sobibor.”