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el pensamiento es rebeldía, el conocimiento es libertad

jueves, 18 de octubre de 2018

domingo, 16 de septiembre de 2018

Presentación de Los dados en Madrid

Presentación de Los dados en Madrid,

con Gabriel Albiac y José María Marco,

jueves 4 de octubre a las 19,00 h.

en la Biblioteca Eugenio Trías de Madrid



martes, 21 de agosto de 2018

Entrevista para Filosofía & Co, parte II

Entrevista para Filosofía & Co sobre la Institución Libre de enseñanza (parte II)


Versión completa de la entrevista concedida a Luis Fernández para el reportaje "Institución Libre de Enseñanza, la base de la educación de hoy", publicado en Filosofía & Co:



Parte II

Los autores de Escuela o barbarie explican su concepto de filomatía como mayéutica y lo ejemplifican con el pasaje del Menón en que el esclavo va deduciendo, con la guía de Sócrates, el teorema de Pitágoras. ¿Es eso?
            Sí, sí. Yo mismo utilizo esa referencia porque es el ejemplo más claro que conozco. Pero eso es solo una parte. La filomatía, o una concepción filosófica de la enseñanza, permite no solo plantear eso, sino la necesidad de un esfuerzo individual que se da gracias al profesor pero en función de unos códigos comunes, como por ejemplo el lenguaje. Por eso en términos estrictos, la escuela nacionalista, recurriendo a la etimología griega, es idiota, porque condena al desconocimiento del idioma común. Y de nuevo, los más perjudicados son los chicos.
            La filosofía es el fundamento de la enseñanza, la raíz geométrica de la enseñanza, tal y como está expresado en ese pasaje de Platón, y también la reflexión crítica, digamos global, con respecto a la enseñanza en su conjunto y a las distintas ciencias o saberes que se enseñan.

Un pedagogo, en cambio, en principio estaría de acuerdo con usted y posiblemente diría que lo que él hace es crear métodos para favorecer la reflexión crítica sobre los contenidos que se aprenden, y además favorecer el aprendizaje no solo de contenidos sino también de competencias, porque no se trata de tener los conocimientos muertos de risa, sino de hacer algo con ellos, etc. Entonces, por una parte, ¿qué es, en su opinión, lo que la pedagogía dice que cumple y no cumple en cuanto a la reflexión crítica?, y, por otra parte, ¿por qué defiende tanto el aprendizaje teórico frente al aprendizaje práctico?
            Bueno… Vamos por partes. En primer lugar, uno encuentra de todo. Entre los pedagogos se pueden encontrar cosas medianamente sensatas hasta disparates absolutos. Precisamente en el libro que acabo de enviar a la editorial Siglo XXI he tenido la suerte de incluir en una nota a pie de página el último hallazgo de un pedagogo, creo que americano, que decía que en la escuela del futuro el profesor tendrá que enseñar lo que no sabe. Se me hace difícil imaginar una idiotez tan extrema y tan engolada. Es que no tiene ni pies ni cabeza, no se puede siquiera empezar a discutir con semejante burbuja vacía. Es absurdo, simplemente absurdo. Pero bueno, ya te digo que no todo es así.
            El problema es ¿qué es la pedagogía? Porque la pedagogía, para ser una ciencia o un saber teórico, tiene que tener un campo acotado de estudio. ¿Cuál es el campo de la pedagogía? No existe, porque si se dice que es la educación… ¿Y qué es la educación?

Me imagino que ellos dirían que es el aprendizaje.
            Sí, pero el problema es el mismo. ¿Qué es la educación? Si se considera le educación como mera instrucción o transmisión de conocimientos, se han transmitido conocimientos desde los griegos. Si es otra cosa, ahí entran componentes que no son estrictamente teóricos, sino emocionales, morales o ideológicos y que tienen que ver con determinada concepción de la naturaleza humana, de la relación mente-cuerpo… Y el problema de la pedagogía es ese. ¿Cabe en un discurso así decir cosas sensatas? Sí. También mi madre dice cosas sensatas de vez en cuando, pero eso no quiere decir que tenga una base. Hay un libro, bastante despiadado y malévolo pero muy divertido, publicado en 1929, de Julián Ribera, titulado La superstición pedagógica y que tiene una fórmula genial: que el pedagogo pretende enseñar lo que no sabe, mientras que el verdadero maestro es el que enseña sin pretenderlo. Por ejemplo, realizando un oficio, y el aprendiz, trabajando con él, aprende. O sea, que más práctico no puede ser, no es una cuestión de teoría o práctica. Y este autor hace una analogía con la alquimia. Dice que la pedagogía es como la alquimia, es decir, es la pseudociencia de la época cientifista. Porque claro, presentar las cosas que se dicen bajo el manto de la pedagogía sin una cierta autoridad, sin un cierto prestigio, resulta menos eficaz.
Siempre me ha llamado la atención, en juntas de evaluación o reuniones con departamentos de Orientación (salvo casos especiales, con enfermedades concretas, por supuesto, un trastorno específico que haya que tratar en el aula de una manera concreta: eso es lo que agradece el profesor del psicólogo, del pedagogo, del logopeda, del psicopedagogo, etc.), que siempre apelan a ese tipo de cuestiones: la felicidad, las emociones… Pero la escuela no está para meterse en ese terreno, ¿no? Es una cosa muy privada el alma de uno.

Pero al mismo tiempo un profesor trata con adolescentes y los adolescentes están en una etapa de la vida en la que quizás conviene un cierto tacto. ¿No habría que prestarles una atención personal, un cierto cariño?
            Habría que definir qué se entiende por cariño. Si nos metemos en ese terreno de lo psicológico, es tan viscoso que es imposible establecer parámetros…

¿Entonces apelaría al sentido común de cada uno?
            Sí, por supuesto. Los profesores que yo conozco, y conozco muy buenos profesores, por supuesto que sobreviven en un aula con treinta adolescentes, y cada uno hace un poco lo que puede. Pero yo en mi experiencia he comprobado que el profesor que mejor conoce su materia suele ser el más respetado, y el que con más respeto trata a los alumnos suele ser también el más respetado. Ahí estriba lo que podemos llamar afecto o cariño a los alumnos. Por supuesto que yo a mis alumnos les quiero, les respeto y les trato como a sujetos que pueden sacar lo mejor de sí mismos. Pero, aunque puede sonar raro e incluso reaccionario, yo a mis alumnos, mayores o de doce y trece años, les llamo por su apellido y les trato de usted. Y ellos están encantados de la vida.

Pasemos a la Institución Libre de Enseñanza, si le parece. Debe ser una de las pocas personas en España que critican la Institución Libre de Enseñanza. ¿Por qué la critica?
            Yo empecé a estudiarla a partir de una biografía de José María Marco sobre Giner de los Ríos. Se centra más en la figura de Giner, evidentemente. Quien sí se refirió, no tanto a la Institución, sino al krausismo fue Gustavo Bueno en algunos textos. Y hay un profesor que murió hace no mucho, Enrique Ureña, que a través de un rastreo por documentos revela que Sanz del Río había plagiado un texto de Krause como si fuera una traducción suya… Eso no es tan importante, pero sí es importante que el krausismo, que es un humanismo vago, un idealismo pero muy tibio, acabó recalando en España por medio de Sanz del Río, cuando es una escuela que en Alemania apenas tenía influencia. Aquí caló y encajó bien con cierta sensibilidad afín a la socialdemocracia… Giner de los Ríos es discípulo de Sanz del Río y aplica el krausismo a la enseñanza. Esto tiene que ver con la llamada crisis de los profesores universitarios, después de lo cual funda la ILE.
Muchos tópicos de la pedagogía actual son herederos de la ILE, por ejemplo, que el aprendizaje debe salir de la viciada atmósfera rancia y atosigante del aula, para salir al campo, las excursiones, el aprendizaje práctico, que el niño experimente el aprendizaje en sí mismo y todo eso… Pero cuando uno lee un poco a fondo estas cuestiones encuentra curiosidades ilustrativas. Por ejemplo, Giner de los Ríos habla muy bien de la educación jesuita, porque la educación jesuita es personalizada y se basa en la transmisión de una cierta moralidad, es decir, es educación y no solo instrucción, que es lo que ellos pretenden. Tenían sus diferencias, claro, pero en el fondo viene a reproducir un mismo modelo. Otro caso llamativo es cuando me parece que Onésimo Redondo, un falangista muy conocido, habla muy bien de Giner de los Ríos como educador, como pedagogo… Esas confluencias son llamativas.
¿Qué ha quedado de eso? El recelo frente a los exámenes, por ejemplo. Si tienes diez alumnos que son hijos la mayoría de la alta burguesía, puedes permitirte el lujo de ser rousseauniano, de no prohibirles nada y de no hacerles exámenes siquiera para saber su rendimiento. Aun teniendo en cuenta las ventajas que pudiera tener y que no niego taxativamente, me parece catastrófico, absurdo o puramente propagandístico aplicarlas a una escuela masificada. Si yo tuviera diez alumnos y estuviera con ellos tres horas al día todos los días, no necesitaría examinarles tampoco. Este es uno de los defectos de la reivindicación acrítica, a mi juicio, de la ILE.

A mí siempre me explicaron el krausismo como una especie de cristianismo laico orientado hacia la parte ilustrada del cristianismo. Entonces uno puede pensar que está muy bien para la educación porque consigues no solo una instrucción ilustrada, sino también educar el alma ilustradamente. Entonces, ¿qué tiene de malo educar el alma en esos buenos sentimientos, en el respeto, el raciocinio?
            Son cosas distintas e intervienen distintos modos de entender la función del Estado y de una institución como la escuela.
A lo mejor es un planteamiento demasiado amplio, pero me parece necesario. Hay un texto, que por otra parte es bellísimo, que marca un antes y un después: De magistro, de san Agustín. Por motivos evidentes, la racionalidad impersonal propia de la filosofía, que es el sustrato en el que la enseñanza es posible, como en Platón, es abandonada o suplantada por un absoluto que esta vez es personal: el ser humano conoce, aprende, por la mediación del Absoluto. El maestro hace la función de vicario, de transmisor, de unos conocimientos que le sobrepasan o le exceden. A partir de aquí hay una línea de continuidad en todo el pensamiento cristiano, sobre todo a través de santo Tomás, que lo sistematiza. ¿Qué pasa en la modernidad? Que simplemente se seculariza y ese Dios que era fuente de la que emanaba el conocimiento y por tanto el aprendizaje es suplantado por otros absolutos: la Naturaleza, con Comenius y Rousseau, y el concepto de Humanidad. La enseñanza como un proceso de salvación, que no está de ninguna manera en los griegos porque no es un asunto personal, empieza con san Agustín y llega hasta hoy.
Yo establezco (pero porque está en los textos, ¿eh?) la analogía entre el aprendizaje y la salvación del alma. La salvación del niño, presuponiendo una especie de alma universal o trascendental, recorre toda la tradición y perdura hasta la ILE, donde se ve claramente, en las biografías y en los textos, cómo asumen la enseñanza como un sacerdocio. ¿Cuál es el problema de pretender enseñar tomando como referente un absoluto, sea Dios, sea la Humanidad, sea la Naturaleza? Sencillamente que no existe. No puede concebirse desde una filosofía, no digo ya materialista, sino simplemente racionalista. No puede admitirse como criterio fundamental o fundacional de la enseñanza, por mucho que ese Absoluto se haya secularizado, trivializado o abaratado. Ese es el saco en el que caen todas las apelaciones a la moral, a la felicidad y todo eso. Es mil veces más educativa y moralmente más instructiva la neutralidad rígida y estricta de un profesor de Matemáticas que todos los sacerdotes laicos que monopolizan la pedagogía. Por eso decía antes que la felicidad es algo muy personal, igual que lo es el alma. Tradicionalmente estaban muy demarcadas las funciones, para bien y para mal. La felicidad y la educación moral eran competencia de las familias, pero ese modelo ha desparecido, es obvio. Y aunque es hasta cierto punto aberrante que un funcionario del Estado le tenga que decir a mi hija que hay que reciclar, doy por sentado que, dadas las circunstancias, es inevitable.

¿Y tiene alguna virtud la ILE?
            Claro, de allí salieron personajes brillantes. Y yo valoro mucho la Junta para la Ampliación de Estudios, que promocionó los estudios en el extranjero y la investigación. Esta era otra cara de la ILE. Ahí fue muy importante, por ejemplo, Ramón y Cajal. Eso es lo más valioso de la ILE. Y, entendida como una enseñanza privada pero para élites, puede tener sus virtudes. Pero extrapolada a una escuela masificada desempeña una función de cobertura mediática.


lunes, 20 de agosto de 2018

Entrevista para Filosofía & Co

Entrevista para Filosofía & Co sobre la Institución Libre de enseñanza 


Versión completa de la entrevista concedida a Luis Fernández para el reportaje "Institución Libre de Enseñanza, la base de la educación de hoy", publicado en Filosofía & Co:

Parte I


¿Dónde está el desencuentro entre pedagogía y filosofía?
El desencuentro se puede rastrear hasta la Grecia antigua, porque ya Platón tiene un diálogo muy explícito al respecto, Lisis, donde contrapone de forma bastante irónica los dos términos, que debían de ser de uso más o menos habitual en la época: paidagógos y didáskalos. El pedagogo era según Platón, pero sabemos que era así, el esclavo que llevaba a los niños a la escuela. Entonces Platón contrapone la figura del pedagogo, un esclavo que apenas habla griego, un griego casi bárbaro, dice, y que se lleva a los chicos a donde dejan, de algún modo de ser niños… porque conversan con Sócrates, que desempeña el papel de didáskalos, de profesor. Entonces la oposición es histórica y conceptual, desde sus mismos orígenes. Lo que yo mantengo en mi tesis, aunque no es demasiado original, es que la filosofía de Platón, que es lo mismo que decir la filosofía, se gesta contra dos enemigos que confluyen a pesar de proceder de posiciones antagónicas: la poética y la sofística.
La poética porque rige en función del principio de autoridad y porque su público es la mentalidad infantil que todavía se mantiene en la sociedad griega. Se alimenta el infantilismo de una mentalidad que es incapaz de pensar por sí misma y se aferra a la tradición, y por tanto al principio de autoridad.
Y el otro enemigo de la filosofía es la sofística, que viene a plantear también un infantilismo de la audiencia, pero por la vía inversa. En lugar de una sociedad en la que rigen los dogmas heredados de la tradición, lo que rige es el relativismo más absoluto, el discurso más eficaz mediáticamente o publicitariamente… En ambos extremos, con todas las modulaciones y graduaciones que quepan, lo que está en riesgo son los principios comunes de racionalidad filosófica, sin los cuales es imposible pensar, poner en cuestión y reconstruir la realidad dada. Lo que yo planteo es que propiamente la enseñanza como tal tiene su semilla en ese planteamiento de Platón, y que a lo largo de la historia, los sistemas educativos han ido oscilando entre un polo y otro: de sistemas muy autoritarios se ha acabado desembocando en sistemas relativistas, que sería más o menos en lo que nos encontramos hoy: el alumno no es considerado como un adulto en potencia, sino como un eterno infante al que hay que mantener feliz por encima de todo.

Esto sería la pedagogía actual según lo plantea usted.
            Eso es.

¿Y qué hay de malo en tratar de que el alumno sea feliz?
            Pero la felicidad es una cosa demasiado importante para dejarla en manos del Estado, y mucho menos de funcionarios que se dedican a dar clase de Matemáticas. Y en segundo lugar, porque tiene un aspecto perverso. Lo de la felicidad es un decorado, es pura retórica. No lo digo en términos conspiranoicos, de una planificación deliberada de la producción de ignorancia (aunque ahora te digo si quieres la hipótesis que yo manejo)… Pero de hecho lo que sucede es que en aras de la felicidad, de la espontaneidad del niño, de su creatividad, se les priva de conocimientos que necesitan, en especial los que tienen menos recursos socioeconómicos. Y en el fondo un sistema que se supone que ha universalizado la alfabetización y el conocimiento lo que ha hecho ha sido degradar la calidad de la enseñanza de conocimientos académicos, técnicos, científicos o intelectuales en general, y ahí los perjudicados son las clases más desfavorecidas o con menos recursos.

O sea, que la pedagogía habría servido como un arma de clase. Pero los autores de Escuela o barbarie [de los que se habló antes] insisten mucho en no caer en la trampa contraria, en que la exigencia académica termine perjudicando a los alumnos con menos recursos.
            Claro, pero el hecho de que los alumnos cuya familia tiene mejor posición social tengan mejor rendimiento académico es precisamente el síntoma del fracaso de la escuela, porque en otras épocas no pasaba, y no pasaba precisamente por lo fuerte que era la enseñanza. Yo no lo plantearía tanto en términos de clase porque hablar hoy día de clase es hasta cierto punto anacrónico, habría que matizar mucho. Por supuesto que hay jerarquías socioeconómicas, pero hoy no se puede hablar de proletariado, o al menos no como en el siglo XIX o principios del siglo XX. No niego la mayor, pero habría que matizar mucho. La clave me parece que tiene que ver con cuestiones demográficas, sobre todo, no tanto económicas, porque al fin y al cabo en la destrucción sistemática de la escuela pública española se ha gastado muchísimo dinero, o sea que el problema no es tanto económico.

¿En qué se ha gastado?
            No lo sé. O bueno, sí lo sé, en parte. En departamentos de Orientación, en meter las nuevas tecnologías en las aulas… No podría hacerte la factura, pero que se ha invertido dinero es evidente. Se ha invertido dinero en destruir la enseñanza.

¿Con ese objeto declarado? ¿Usted cree que ha sido intencionado?
            No. Lo que yo creo es que, sencillamente, la escuela ha pasado a desempeñar una función diferente. Obviamente, en una escuela masificada como es la actual y en un Estado que no necesita, al menos a corto plazo, producir una élite intelectual de obreros cualificados, etc… Para eso se instauró el Bachillerato franquista, que era enormemente exigente y de muy alta calidad, aunque selectivo y elitista si quieres (aunque muchos hijos de obreros estudiaron en el Bachillerato franquista), pero que respondía a esos intereses de Estado. Ahora no hay esos intereses y la escuela cumple fundamentalmente una función de control demográfico.

He leído en algún artículo suyo que la escuela sirve para controlar administrativamente a menores de edad que no pueden estar sueltos, y me impresionó mucho porque en principio la escuela está para otra cosa y tal y como se suele presentar se supone que funciona. ¿Cómo es eso?
            Tampoco es un hallazgo genial mío. Uno lo va viendo al estudiar la evolución de los sistemas educativos. Por múltiples causas materiales, no ideológicamente diseñadas, en Estados con crisis internas, con crisis de soberanía, las funciones de las instituciones cambian. Y en el caso de la escuela también. Fíjate en el aumento de la edad de escolarización obligatoria, que es rara porque en los demás países europeos generalmente está en catorce años, no en dieciséis.

¿Es partidario de bajarla a catorce?
            Sí.

¿Y por qué? Porque uno tiende a pensar que está bien dotar a los jóvenes de una serie de conocimientos mínimos y que cuantos más, mejor, ¿no? Y los dieciséis años, que es cuando se puede empezar a trabajar, pagar impuestos o ir a la cárcel, parece una edad razonable.
            Sí, el problema es que hay una cosa peculiar. Los jóvenes actualmente… Bueno, hay de todo, por supuesto, pero el profesor de Secundaria o incluso de primeros cursos de Universidad lo vive. Los ritmos de maduración académica e intelectual son más tardíos, pero el acceso a una masiva oferta de posibilidades es muy anterior, y esto crea una especie de híbridos, de monstruos esquizofrénicos [risas] capaces de hackear la web de hacienda y, al mismo tiempo, niños de seis o siete años en cuanto a edad mental. Y entonces, a los catorce años, en esas aguas, hay chicos que, por intereses, por capacidad o por otras razones, no tienen interés en seguir estudiando. Y una buena formación técnica y profesional hasta los dieciséis años, ampliable por dos años más o como fuera, sería muy oportuna para evitar el caos que en muchos casos se genera al mezclar chicos que no tienen ningún interés por estudiar con chicos que sí lo tienen. Y no es ninguna cuestión de pecado original ni de capacidad genética, sino simplemente de distintas motivaciones.

¿Y no suele coincidir que los que tienen más interés son de clase más alta, o al menos de clase media?
            Pero eso es a mi juicio por el déficit que te decía, porque antes no pasaba. Yo, por ejemplo, he sido el primero de mi familia en hacer carrera universitaria y en mi familia no había un ambiente intelectual, ni mucho menos. Mi padre era un obrero que dejó la escuela a los catorce años y mi madre era ama de casa. Yo aún estudié con la ley del 70. Así que creo que eso es por otros motivos. Y una formación profesional de calidad es una buena manera de posibilitar que aquellos, con independencia de la procedencia, que tengan capacidad e interés, puedan continuar sus estudios por ese camino.

Bien, volvamos a donde estábamos: la escuela como una institución de control demográfico. ¿Qué papel juega en esto la pedagogía? ¿O no tiene nada que ver?
            Es el márquetin. La pedagogía es el márquetin. Siempre el discurso propagandístico y la retórica suelen limar las fricciones que puedan generar determinadas situaciones. Es de gran eficacia y acorde con los términos de la posmodernidad más o menos vaporosa el discurso al que se acoge la pedagogía: narcisismo casi patológico, el énfasis en la felicidad y las emociones… El que esté acostumbrado a trabajar en el mundo de la enseñanza está harto de oír todos estos clichés. Es una especie de cobertura retórica que, deliberadamente o no, oculta una realidad mucho menos amable.

¿A qué se refiere con “narcisismo”?
            Sí, porque el niño es un mundo en sí mismo y todo ha de girar en torno a él, que es el centro de gravedad.

Y dices que esto causa el infantilismo del que hablaba.
            Sí, claro. Infantilismo no solo tolerado, sino fomentado. Por ejemplo, es muy habitual ( en términos muy genéricos, ¿no?), son muy habituales los problemas de gente joven para enfrentarse al principio de realidad, porque la escuela es una especie de burbuja. Que en cierto modo tiene que serlo: en la escuela se aísla al alumno para que aprenda y sus errores no tengan un efecto traumático real. Pero dándole las armas para que luego esté preparado para enfrentarse a la realidad. Yo creo que en cierto modo la escuela hoy sobreprotege al alumno y la debilita en este sentido.

Cambiando un tanto de tema, contrapone la pedagogía a la filomatía. ¿Qué es la filomatía y por qué es tan recomendable?
            Es un término que se usó en algún momento, pero poco, precisamente por el peso de la pedagogía (lo usa Rimbaud, según Verlaine, por ejemplo). A mí me parece un término bonito y que merece la pena rescatar por distintos motivos. Es un término tomado del griego que utiliza Platón en La república cuando dice que el filósofo o amante del saber es el que ama aprender, philomathés, y de ahí el término filomatía, que es el deseo de aprender. A mí me parecía que no es casual la sintonía etimológica porque la verdadera enseñanza y el verdadero aprendizaje tiene una raíz filosófica, al menos en el sentido de que la filosofía es el tipo de pensamiento crítico capaz de reflexionar sobre la propia enseñanza. Mientras que las distintas asignaturas que se estudian no son capaces de hacer esa reflexión crítica desde sus propias perspectivas. La química, en tanto que química, nada dice de la enseñanza de la literatura, por ejemplo. No se puede explicar la poesía del Siglo de Oro por medio de conceptos categoriales de la química como el hidrogeno o el oxígeno, por ejemplo. Ni al revés. Pero la filosofía sí da la plataforma para plantearse críticamente la enseñanza entendida en términos generales con ideas como libertad, justicia, ciencia, que son filosóficas. Igual que la filosofía se plantea las relaciones y diferencias entre las distintas ciencias, pues también del fundamento de la enseñanza, que a mi juicio es filosófico, como te he dicho.