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martes, 21 de agosto de 2018

Entrevista para Filosofía & Co, parte II

Entrevista para Filosofía & Co sobre la Institución Libre de enseñanza (parte II)


Versión completa de la entrevista concedida a Luis Fernández para el reportaje "Institución Libre de Enseñanza, la base de la educación de hoy", publicado en Filosofía & Co:



Parte II

Los autores de Escuela o barbarie explican su concepto de filomatía como mayéutica y lo ejemplifican con el pasaje del Menón en que el esclavo va deduciendo, con la guía de Sócrates, el teorema de Pitágoras. ¿Es eso?
            Sí, sí. Yo mismo utilizo esa referencia porque es el ejemplo más claro que conozco. Pero eso es solo una parte. La filomatía, o una concepción filosófica de la enseñanza, permite no solo plantear eso, sino la necesidad de un esfuerzo individual que se da gracias al profesor pero en función de unos códigos comunes, como por ejemplo el lenguaje. Por eso en términos estrictos, la escuela nacionalista, recurriendo a la etimología griega, es idiota, porque condena al desconocimiento del idioma común. Y de nuevo, los más perjudicados son los chicos.
            La filosofía es el fundamento de la enseñanza, la raíz geométrica de la enseñanza, tal y como está expresado en ese pasaje de Platón, y también la reflexión crítica, digamos global, con respecto a la enseñanza en su conjunto y a las distintas ciencias o saberes que se enseñan.

Un pedagogo, en cambio, en principio estaría de acuerdo con usted y posiblemente diría que lo que él hace es crear métodos para favorecer la reflexión crítica sobre los contenidos que se aprenden, y además favorecer el aprendizaje no solo de contenidos sino también de competencias, porque no se trata de tener los conocimientos muertos de risa, sino de hacer algo con ellos, etc. Entonces, por una parte, ¿qué es, en su opinión, lo que la pedagogía dice que cumple y no cumple en cuanto a la reflexión crítica?, y, por otra parte, ¿por qué defiende tanto el aprendizaje teórico frente al aprendizaje práctico?
            Bueno… Vamos por partes. En primer lugar, uno encuentra de todo. Entre los pedagogos se pueden encontrar cosas medianamente sensatas hasta disparates absolutos. Precisamente en el libro que acabo de enviar a la editorial Siglo XXI he tenido la suerte de incluir en una nota a pie de página el último hallazgo de un pedagogo, creo que americano, que decía que en la escuela del futuro el profesor tendrá que enseñar lo que no sabe. Se me hace difícil imaginar una idiotez tan extrema y tan engolada. Es que no tiene ni pies ni cabeza, no se puede siquiera empezar a discutir con semejante burbuja vacía. Es absurdo, simplemente absurdo. Pero bueno, ya te digo que no todo es así.
            El problema es ¿qué es la pedagogía? Porque la pedagogía, para ser una ciencia o un saber teórico, tiene que tener un campo acotado de estudio. ¿Cuál es el campo de la pedagogía? No existe, porque si se dice que es la educación… ¿Y qué es la educación?

Me imagino que ellos dirían que es el aprendizaje.
            Sí, pero el problema es el mismo. ¿Qué es la educación? Si se considera le educación como mera instrucción o transmisión de conocimientos, se han transmitido conocimientos desde los griegos. Si es otra cosa, ahí entran componentes que no son estrictamente teóricos, sino emocionales, morales o ideológicos y que tienen que ver con determinada concepción de la naturaleza humana, de la relación mente-cuerpo… Y el problema de la pedagogía es ese. ¿Cabe en un discurso así decir cosas sensatas? Sí. También mi madre dice cosas sensatas de vez en cuando, pero eso no quiere decir que tenga una base. Hay un libro, bastante despiadado y malévolo pero muy divertido, publicado en 1929, de Julián Ribera, titulado La superstición pedagógica y que tiene una fórmula genial: que el pedagogo pretende enseñar lo que no sabe, mientras que el verdadero maestro es el que enseña sin pretenderlo. Por ejemplo, realizando un oficio, y el aprendiz, trabajando con él, aprende. O sea, que más práctico no puede ser, no es una cuestión de teoría o práctica. Y este autor hace una analogía con la alquimia. Dice que la pedagogía es como la alquimia, es decir, es la pseudociencia de la época cientifista. Porque claro, presentar las cosas que se dicen bajo el manto de la pedagogía sin una cierta autoridad, sin un cierto prestigio, resulta menos eficaz.
Siempre me ha llamado la atención, en juntas de evaluación o reuniones con departamentos de Orientación (salvo casos especiales, con enfermedades concretas, por supuesto, un trastorno específico que haya que tratar en el aula de una manera concreta: eso es lo que agradece el profesor del psicólogo, del pedagogo, del logopeda, del psicopedagogo, etc.), que siempre apelan a ese tipo de cuestiones: la felicidad, las emociones… Pero la escuela no está para meterse en ese terreno, ¿no? Es una cosa muy privada el alma de uno.

Pero al mismo tiempo un profesor trata con adolescentes y los adolescentes están en una etapa de la vida en la que quizás conviene un cierto tacto. ¿No habría que prestarles una atención personal, un cierto cariño?
            Habría que definir qué se entiende por cariño. Si nos metemos en ese terreno de lo psicológico, es tan viscoso que es imposible establecer parámetros…

¿Entonces apelaría al sentido común de cada uno?
            Sí, por supuesto. Los profesores que yo conozco, y conozco muy buenos profesores, por supuesto que sobreviven en un aula con treinta adolescentes, y cada uno hace un poco lo que puede. Pero yo en mi experiencia he comprobado que el profesor que mejor conoce su materia suele ser el más respetado, y el que con más respeto trata a los alumnos suele ser también el más respetado. Ahí estriba lo que podemos llamar afecto o cariño a los alumnos. Por supuesto que yo a mis alumnos les quiero, les respeto y les trato como a sujetos que pueden sacar lo mejor de sí mismos. Pero, aunque puede sonar raro e incluso reaccionario, yo a mis alumnos, mayores o de doce y trece años, les llamo por su apellido y les trato de usted. Y ellos están encantados de la vida.

Pasemos a la Institución Libre de Enseñanza, si le parece. Debe ser una de las pocas personas en España que critican la Institución Libre de Enseñanza. ¿Por qué la critica?
            Yo empecé a estudiarla a partir de una biografía de José María Marco sobre Giner de los Ríos. Se centra más en la figura de Giner, evidentemente. Quien sí se refirió, no tanto a la Institución, sino al krausismo fue Gustavo Bueno en algunos textos. Y hay un profesor que murió hace no mucho, Enrique Ureña, que a través de un rastreo por documentos revela que Sanz del Río había plagiado un texto de Krause como si fuera una traducción suya… Eso no es tan importante, pero sí es importante que el krausismo, que es un humanismo vago, un idealismo pero muy tibio, acabó recalando en España por medio de Sanz del Río, cuando es una escuela que en Alemania apenas tenía influencia. Aquí caló y encajó bien con cierta sensibilidad afín a la socialdemocracia… Giner de los Ríos es discípulo de Sanz del Río y aplica el krausismo a la enseñanza. Esto tiene que ver con la llamada crisis de los profesores universitarios, después de lo cual funda la ILE.
Muchos tópicos de la pedagogía actual son herederos de la ILE, por ejemplo, que el aprendizaje debe salir de la viciada atmósfera rancia y atosigante del aula, para salir al campo, las excursiones, el aprendizaje práctico, que el niño experimente el aprendizaje en sí mismo y todo eso… Pero cuando uno lee un poco a fondo estas cuestiones encuentra curiosidades ilustrativas. Por ejemplo, Giner de los Ríos habla muy bien de la educación jesuita, porque la educación jesuita es personalizada y se basa en la transmisión de una cierta moralidad, es decir, es educación y no solo instrucción, que es lo que ellos pretenden. Tenían sus diferencias, claro, pero en el fondo viene a reproducir un mismo modelo. Otro caso llamativo es cuando me parece que Onésimo Redondo, un falangista muy conocido, habla muy bien de Giner de los Ríos como educador, como pedagogo… Esas confluencias son llamativas.
¿Qué ha quedado de eso? El recelo frente a los exámenes, por ejemplo. Si tienes diez alumnos que son hijos la mayoría de la alta burguesía, puedes permitirte el lujo de ser rousseauniano, de no prohibirles nada y de no hacerles exámenes siquiera para saber su rendimiento. Aun teniendo en cuenta las ventajas que pudiera tener y que no niego taxativamente, me parece catastrófico, absurdo o puramente propagandístico aplicarlas a una escuela masificada. Si yo tuviera diez alumnos y estuviera con ellos tres horas al día todos los días, no necesitaría examinarles tampoco. Este es uno de los defectos de la reivindicación acrítica, a mi juicio, de la ILE.

A mí siempre me explicaron el krausismo como una especie de cristianismo laico orientado hacia la parte ilustrada del cristianismo. Entonces uno puede pensar que está muy bien para la educación porque consigues no solo una instrucción ilustrada, sino también educar el alma ilustradamente. Entonces, ¿qué tiene de malo educar el alma en esos buenos sentimientos, en el respeto, el raciocinio?
            Son cosas distintas e intervienen distintos modos de entender la función del Estado y de una institución como la escuela.
A lo mejor es un planteamiento demasiado amplio, pero me parece necesario. Hay un texto, que por otra parte es bellísimo, que marca un antes y un después: De magistro, de san Agustín. Por motivos evidentes, la racionalidad impersonal propia de la filosofía, que es el sustrato en el que la enseñanza es posible, como en Platón, es abandonada o suplantada por un absoluto que esta vez es personal: el ser humano conoce, aprende, por la mediación del Absoluto. El maestro hace la función de vicario, de transmisor, de unos conocimientos que le sobrepasan o le exceden. A partir de aquí hay una línea de continuidad en todo el pensamiento cristiano, sobre todo a través de santo Tomás, que lo sistematiza. ¿Qué pasa en la modernidad? Que simplemente se seculariza y ese Dios que era fuente de la que emanaba el conocimiento y por tanto el aprendizaje es suplantado por otros absolutos: la Naturaleza, con Comenius y Rousseau, y el concepto de Humanidad. La enseñanza como un proceso de salvación, que no está de ninguna manera en los griegos porque no es un asunto personal, empieza con san Agustín y llega hasta hoy.
Yo establezco (pero porque está en los textos, ¿eh?) la analogía entre el aprendizaje y la salvación del alma. La salvación del niño, presuponiendo una especie de alma universal o trascendental, recorre toda la tradición y perdura hasta la ILE, donde se ve claramente, en las biografías y en los textos, cómo asumen la enseñanza como un sacerdocio. ¿Cuál es el problema de pretender enseñar tomando como referente un absoluto, sea Dios, sea la Humanidad, sea la Naturaleza? Sencillamente que no existe. No puede concebirse desde una filosofía, no digo ya materialista, sino simplemente racionalista. No puede admitirse como criterio fundamental o fundacional de la enseñanza, por mucho que ese Absoluto se haya secularizado, trivializado o abaratado. Ese es el saco en el que caen todas las apelaciones a la moral, a la felicidad y todo eso. Es mil veces más educativa y moralmente más instructiva la neutralidad rígida y estricta de un profesor de Matemáticas que todos los sacerdotes laicos que monopolizan la pedagogía. Por eso decía antes que la felicidad es algo muy personal, igual que lo es el alma. Tradicionalmente estaban muy demarcadas las funciones, para bien y para mal. La felicidad y la educación moral eran competencia de las familias, pero ese modelo ha desparecido, es obvio. Y aunque es hasta cierto punto aberrante que un funcionario del Estado le tenga que decir a mi hija que hay que reciclar, doy por sentado que, dadas las circunstancias, es inevitable.

¿Y tiene alguna virtud la ILE?
            Claro, de allí salieron personajes brillantes. Y yo valoro mucho la Junta para la Ampliación de Estudios, que promocionó los estudios en el extranjero y la investigación. Esta era otra cara de la ILE. Ahí fue muy importante, por ejemplo, Ramón y Cajal. Eso es lo más valioso de la ILE. Y, entendida como una enseñanza privada pero para élites, puede tener sus virtudes. Pero extrapolada a una escuela masificada desempeña una función de cobertura mediática.


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